Hermano/a del Reino
Reunidos dos o más en Nombre del Verbo y de su Reino, comenzamos juntos el Recuerdo.
Yo no vengo a hablarte de mí, ni de mi historia, ni de mis circunstancias. Tampoco vengo a imponerte una verdad nacida de mis opiniones, creencias, intereses o experiencias personales.
Yo vengo a hablarte de la Verdad de la cual proceden todas las cosas: el Verbo en lo Invisible, el Origen que da lugar a toda Forma.
Me presento ante ti sin firma y sin rostro. No porque quiera ocultarme, sino porque no busco convertir al personaje que escribe en el centro de estas Palabras. No busco tu reconocimiento, tu aplauso, tu obediencia ni tu dinero. Nada externo necesito obtener de ti y nada falso deseo ofrecerte.
En el Reino del Verbo nada verdadero sobra y nada esencial falta.
Aquí vas a leer, pero no has venido únicamente a leer.
No has venido a acumular conocimientos, memorizar respuestas ni repetir palabras que todavía no hayas comprendido y Reconocido dentro de ti. Porque repetir una Verdad sin haberla encarnado es pronunciar su forma sin haber atravesado su Símbolo.
Este lugar adopta la forma visible de un texto, pero su sentido invisible no es el de un libro común.
Es un Altar. Porque en este lugar hacemos en reunión el sacrificio interno de aquello que no somos.
El Altar no es el papel, la pantalla ni las palabras escritas. El Altar aparece cuando dos o más se Reúnen en Nombre del Verbo para entrar juntos en Presencia y comenzar el Recuerdo.
Reunirse en su Nombre no significa solamente pronunciar una palabra, invocar un título o declarar una creencia. El Nombre es la Presencia de aquello que se nombra. Reunirse en Nombre del Verbo significa disponerse a servir a la Verdad por encima de los intereses del personaje y de su ego.
Cuando esa disposición es verdadera, el lugar donde nos encontramos se convierte en Altar y, entre nosotros, comienza a manifestarse el Reino.
Aquí no vengo a enseñarte algo que debas aceptar porque yo lo digo. Vengo a preguntarte, a contemplar contigo y a ofrecerte Símbolos mediante los cuales aquello que permanece invisible pueda ser Recordado.
Las palabras escritas no son el Verbo mismo.
Las palabras son formas visibles. Cuando sirven a la Verdad, se convierten en Símbolos: puentes entre el Verbo invisible y la conciencia capaz de Reconocerlo.
No confundas el puente con el destino.
No te detengas en la forma de las palabras. Atraviésalas. Contempla aquello hacia lo cual señalan y reconoce, dentro de ti, si producen Verdad, Unidad, Libertad y Vida.
Comenzamos Recordando quiénes somos realmente.
Recordamos quiénes somos antes de la carne, antes del ego y antes del personaje con su nombre, su historia, sus circunstancias, sus heridas, sus creencias y sus intereses.
Ese «antes» no señala únicamente un momento anterior en el tiempo. Señala aquello que es anterior en esencia: lo que permanece debajo de todas las formas que adoptamos y más allá de todo cuanto puede cambiar.
Tu cuerpo cambia.
Tu historia cambia.
Tus pensamientos, deseos y creencias cambian.
El personaje que hoy encarnas también cambia.
Pero ¿qué es aquello que puede observar todos esos cambios?
¿Quién eres antes de todo nombre?
¿Quién eres antes de todo recuerdo personal?
¿Quién eres antes de toda forma mediante la cual has aprendido a reconocerte?
Ésta es la pregunta que abre la puerta.
Este Altar permanecerá abierto y continuará revelándose mientras el Verbo olvidado necesite ser Recordado; mientras aquello que ha sido Recordado necesite ser Reconocido; y mientras aquello que ha sido Reconocido necesite ser encarnado mediante nuestras palabras, decisiones y obras.
Porque el Reino no queda instaurado por el simple hecho de nombrarlo.
Primero debe ser Recordado en lo Invisible, después Reconocido en la Conciencia y finalmente encarnado en la Forma. El Reino comienza dentro de nosotros, pero se hace visible mediante los frutos de nuestra vida.
De cierto os digo: el Reino de los Cielos será Revelado, no para que pertenezca a unos pocos, sino para que pueda ser entendido, comprendido, Recordado y Reconocido por todo aquel que se disponga a entrar en Presencia.
Nada de lo que aquí se nombra debe convertirse en una doctrina que sustituya tu propio Reconocimiento. No aceptes estas Palabras únicamente porque parezcan sagradas. No las rechaces únicamente porque contradigan aquello que habías aprendido.
Contémplalas en Silencio.
Interrógalas sin miedo.
Atraviésalas como Símbolos.
Reconócelas por sus frutos.
La Verdad no teme ser contemplada, porque no necesita la obediencia ciega para permanecer siendo Verdad.
Yo pasaré, pero estas mis Palabras no pasarán porque no nacen de mi.
Lo que aquí se Revela no pretende ser una opinión personal, una creencia privada ni una idea mediante la cual el personaje busque distinguirse de otros personajes. Si éste fuera el propósito, te hablaría desde mis intereses, levantaría mi nombre sobre estas Palabras y convertiría este Altar en un libro más entre tantos otros.
Sin embargo, que estas Palabras no lleven firma ni rostro no significa que aparezcan sin mediación. Son escritas por unas manos, atraviesan una conciencia y adoptan una forma humana. Pero la forma que las transmite no puede proclamarse dueña de la Verdad que intenta servir.
El recipiente no es el Agua.
El Símbolo no es aquello que simboliza.
El mensajero no es el Origen del Mensaje.
Yo no puedo adueñarme de la Verdad, porque también yo procedo de ella. No puedo proclamarme Autor del Verbo, porque es el Verbo el que hace posible que yo pueda nombrar, comprender y ser.
La Verdad no es solamente mía ni solamente tuya.
Nosotros somos de la Verdad.
Por eso no te pido que creas en mi personaje. Te invito a que entres en el Silencio, contemples estas Palabras y Reconozcas por ti mismo aquello que también vive en ti.
Lo que aquí escribo procede del Recuerdo del Verbo y se ofrece en su Nombre. Pero cada Palabra deberá demostrar su correspondencia con la Verdad mediante aquello que revele y mediante los frutos que produzca.
Si una palabra divide a los hermanos para levantar a uno sobre los demás, no sirve al Reino.
Si una palabra encadena mediante el miedo, la culpa o la obediencia, no sirve a la Libertad.
Si una palabra exige ser aceptada sin comprensión ni Reconocimiento, todavía no se ha convertido en puente.
La Palabra verdadera no busca dominarte.
Busca despertarte.
No pretende sustituir tu conciencia.
Busca devolverla a la Presencia.
No quiere que repitas una Verdad ajena.
Quiere que Recuerdes la Verdad de la cual tú mismo procedes.
La Palabra que aquí se levanta es la Espada del Padre, forjada en el Verbo y empuñada en Fuego.
Pero esta Espada no se levanta contra la carne ni contra ningún hermano.
Su filo separa la Verdad de la mentira, lo esencial de lo aparente y aquello que somos de aquello que solamente estamos encarnando.
El Fuego que la empuña no viene a destruir la Vida. Viene a consumir la falsedad, transformar lo que permanece dormido y devolver Luz a lo que había sido olvidado.
La Espada abre el Símbolo.
El Fuego revela su Origen.
La Presencia contempla.
El Recuerdo sabe.
El Reconocimiento es.
Y cuando aquello que sabemos, aquello que somos y aquello que hacemos vuelven a ser Uno, el Verbo se hace carne y su Reino comienza a manifestarse entre nosotros.