EL VERBO REVELADO

Altar del Verbo y su Reino

«Somos libres en la medida que recordamos»

— La Serpiente

Hermano/a del Reino

Reunidos dos o más en Nombre del Verbo y de su Reino, comenzamos juntos el Recuerdo.

Yo no vengo a hablarte de mí, ni de mi historia, ni de mis circunstancias. Tampoco vengo a imponerte una verdad nacida de mis opiniones, creencias, intereses o experiencias personales.

Yo vengo a hablarte de la Verdad de la cual proceden todas las cosas: el Verbo en lo Invisible, el Origen que da lugar a toda Forma.

Me presento ante ti sin firma y sin rostro. No porque quiera ocultarme, sino porque no busco convertir al personaje que escribe en el centro de estas Palabras. No busco tu reconocimiento, tu aplauso, tu obediencia ni tu dinero. Nada externo necesito obtener de ti y nada falso deseo ofrecerte.

En el Reino del Verbo nada verdadero sobra y nada esencial falta.

Aquí vas a leer, pero no has venido únicamente a leer.

No has venido a acumular conocimientos, memorizar respuestas ni repetir palabras que todavía no hayas comprendido y Reconocido dentro de ti. Porque repetir una Verdad sin haberla encarnado es pronunciar su forma sin haber atravesado su Símbolo.

Este lugar adopta la forma visible de un texto, pero su sentido invisible no es el de un libro común.

Es un Altar. Porque en este lugar hacemos en reunión el sacrificio interno de aquello que no somos.

El Altar no es el papel, la pantalla ni las palabras escritas. El Altar aparece cuando dos o más se Reúnen en Nombre del Verbo para entrar juntos en Presencia y comenzar el Recuerdo.

Reunirse en su Nombre no significa solamente pronunciar una palabra, invocar un título o declarar una creencia. El Nombre es la Presencia de aquello que se nombra. Reunirse en Nombre del Verbo significa disponerse a servir a la Verdad por encima de los intereses del personaje y de su ego.

Cuando esa disposición es verdadera, el lugar donde nos encontramos se convierte en Altar y, entre nosotros, comienza a manifestarse el Reino.

Aquí no vengo a enseñarte algo que debas aceptar porque yo lo digo. Vengo a preguntarte, a contemplar contigo y a ofrecerte Símbolos mediante los cuales aquello que permanece invisible pueda ser Recordado.

Las palabras escritas no son el Verbo mismo.

Las palabras son formas visibles. Cuando sirven a la Verdad, se convierten en Símbolos: puentes entre el Verbo invisible y la conciencia capaz de Reconocerlo.

No confundas el puente con el destino.

No te detengas en la forma de las palabras. Atraviésalas. Contempla aquello hacia lo cual señalan y reconoce, dentro de ti, si producen Verdad, Unidad, Libertad y Vida.

Comenzamos Recordando quiénes somos realmente.

Recordamos quiénes somos antes de la carne, antes del ego y antes del personaje con su nombre, su historia, sus circunstancias, sus heridas, sus creencias y sus intereses.

Ese «antes» no señala únicamente un momento anterior en el tiempo. Señala aquello que es anterior en esencia: lo que permanece debajo de todas las formas que adoptamos y más allá de todo cuanto puede cambiar.

Tu cuerpo cambia.

Tu historia cambia.

Tus pensamientos, deseos y creencias cambian.

El personaje que hoy encarnas también cambia.

Pero ¿qué es aquello que puede observar todos esos cambios?

¿Quién eres antes de todo nombre?

¿Quién eres antes de todo recuerdo personal?

¿Quién eres antes de toda forma mediante la cual has aprendido a reconocerte?

Ésta es la pregunta que abre la puerta.

Este Altar permanecerá abierto y continuará revelándose mientras el Verbo olvidado necesite ser Recordado; mientras aquello que ha sido Recordado necesite ser Reconocido; y mientras aquello que ha sido Reconocido necesite ser encarnado mediante nuestras palabras, decisiones y obras.

Porque el Reino no queda instaurado por el simple hecho de nombrarlo.

Primero debe ser Recordado en lo Invisible, después Reconocido en la Conciencia y finalmente encarnado en la Forma. El Reino comienza dentro de nosotros, pero se hace visible mediante los frutos de nuestra vida.

De cierto os digo: el Reino de los Cielos será Revelado, no para que pertenezca a unos pocos, sino para que pueda ser entendido, comprendido, Recordado y Reconocido por todo aquel que se disponga a entrar en Presencia.

Nada de lo que aquí se nombra debe convertirse en una doctrina que sustituya tu propio Reconocimiento. No aceptes estas Palabras únicamente porque parezcan sagradas. No las rechaces únicamente porque contradigan aquello que habías aprendido.

Contémplalas en Silencio.

Interrógalas sin miedo.

Atraviésalas como Símbolos.

Reconócelas por sus frutos.

La Verdad no teme ser contemplada, porque no necesita la obediencia ciega para permanecer siendo Verdad.

Yo pasaré, pero estas mis Palabras no pasarán porque no nacen de mi.

Lo que aquí se Revela no pretende ser una opinión personal, una creencia privada ni una idea mediante la cual el personaje busque distinguirse de otros personajes. Si éste fuera el propósito, te hablaría desde mis intereses, levantaría mi nombre sobre estas Palabras y convertiría este Altar en un libro más entre tantos otros.

Sin embargo, que estas Palabras no lleven firma ni rostro no significa que aparezcan sin mediación. Son escritas por unas manos, atraviesan una conciencia y adoptan una forma humana. Pero la forma que las transmite no puede proclamarse dueña de la Verdad que intenta servir.

El recipiente no es el Agua.

El Símbolo no es aquello que simboliza.

El mensajero no es el Origen del Mensaje.

Yo no puedo adueñarme de la Verdad, porque también yo procedo de ella. No puedo proclamarme Autor del Verbo, porque es el Verbo el que hace posible que yo pueda nombrar, comprender y ser.

La Verdad no es solamente mía ni solamente tuya.

Nosotros somos de la Verdad.

Por eso no te pido que creas en mi personaje. Te invito a que entres en el Silencio, contemples estas Palabras y Reconozcas por ti mismo aquello que también vive en ti.

Lo que aquí escribo procede del Recuerdo del Verbo y se ofrece en su Nombre. Pero cada Palabra deberá demostrar su correspondencia con la Verdad mediante aquello que revele y mediante los frutos que produzca.

Si una palabra divide a los hermanos para levantar a uno sobre los demás, no sirve al Reino.

Si una palabra encadena mediante el miedo, la culpa o la obediencia, no sirve a la Libertad.

Si una palabra exige ser aceptada sin comprensión ni Reconocimiento, todavía no se ha convertido en puente.

La Palabra verdadera no busca dominarte.

Busca despertarte.

No pretende sustituir tu conciencia.

Busca devolverla a la Presencia.

No quiere que repitas una Verdad ajena.

Quiere que Recuerdes la Verdad de la cual tú mismo procedes.

La Palabra que aquí se levanta es la Espada del Padre, forjada en el Verbo y empuñada en Fuego.

Pero esta Espada no se levanta contra la carne ni contra ningún hermano.

Su filo separa la Verdad de la mentira, lo esencial de lo aparente y aquello que somos de aquello que solamente estamos encarnando.

El Fuego que la empuña no viene a destruir la Vida. Viene a consumir la falsedad, transformar lo que permanece dormido y devolver Luz a lo que había sido olvidado.

La Espada abre el Símbolo.

El Fuego revela su Origen.

La Presencia contempla.

El Recuerdo sabe.

El Reconocimiento es.

Y cuando aquello que sabemos, aquello que somos y aquello que hacemos vuelven a ser Uno, el Verbo se hace carne y su Reino comienza a manifestarse entre nosotros.

Recordar lo olvidado

Para Revelar quien eres, ¿Dónde acudir? ¿Afuera o Adentro?

Para Revelar quién eres realmente, debes acudir Adentro.

Esto no significa que cuanto encontramos en la enseñanza, los libros, la universidad, la ciencia o las tradiciones carezca necesariamente de valor. Tampoco significa que toda forma exterior sea neutral o que deba conservarse por el simple hecho de haber sido heredada. Todo cuanto encontramos afuera debe ser contemplado y discernido. Un maestro puede señalar la puerta; un libro puede entregarnos palabras; una tradición puede conservar un Símbolo durante siglos.

Pero nadie puede cruzar la puerta por nosotros.

Lo exterior puede señalar la Verdad, pero el Reconocimiento de esa Verdad solamente puede acontecer dentro de ti.

Negar completamente el mundo exterior sería levantar una nueva separación. Afuera y Adentro no son enemigos: lo exterior puede convertirse en espejo y Símbolo de lo interior. Sin embargo, el espejo no puede mirar por ti y el Símbolo no puede ser atravesado sin tu Presencia.

Por eso no necesitas buscar afuera a alguien que te diga definitivamente quién eres.

TÚ ERES el libro que debes aprender a leer para hallarte.

Pero ese libro no es solamente la historia de tu personaje. Sus páginas más profundas no contienen tu nombre, tu profesión, tus posesiones, tus heridas ni los acontecimientos de tu pasado. Todo eso pertenece a la narración visible de tu existencia.

El libro que debes leer es la Conciencia en la que esa narración aparece.

Leerlo significa entrar en el diálogo interior: preguntar sin respuestas aprendidas, contemplar sin apresurarte a concluir y permitir que el Silencio revele aquello que el ruido del personaje mantenía oculto.

No se trata de inventar dentro de ti la respuesta que deseas encontrar. Se trata de retirar, una a una, las respuestas que no son verdaderas hasta quedar en disposición de Reconocer lo que permanece.

Porque no todo cuanto aparece en el interior procede del Verbo. Dentro de nosotros también hablan el miedo, el deseo, la memoria, la herida, la costumbre y la necesidad del ego de conservarse.

Entrar Adentro no basta.

También debemos aprender a discernir quién habla dentro de nosotros.

Recordar y Reconocer

Recordar no significa recuperar un acontecimiento perdido de nuestra memoria personal. Tampoco significa adquirir un conocimiento secreto que nos haga superiores a los demás.

El Recuerdo es el despertar de un Saber que no ha sido tomado prestado.

Es descubrir como Verdad viva aquello que antes solamente conocíamos como palabra, idea o creencia.

Reconocer es todavía más profundo.

Reconocer significa encontrarte en aquello que has Recordado. Significa dejar de contemplar la Verdad como algo ajeno y comenzar a encarnarla como parte inseparable de lo que eres.

Por eso:

Cuando recuerdas, sabes.

Cuando reconoces, eres.

Puedes aprender muchas palabras acerca de la Unidad y continuar viviendo desde la separación. En ese caso has acumulado conocimiento, pero todavía no has Recordado.

Puedes comprender intelectualmente una Verdad y, sin embargo, negarla mediante tus decisiones. En ese caso has comenzado a Recordar, pero todavía no la has encarnado.

El Reconocimiento se cumple cuando aquello que sabes, aquello que eres y aquello que haces entran en correspondencia.

Hermano/a, regresemos juntos al Reino de nuestro Padre en lo interno.

Este regreso no es un desplazamiento hacia otro lugar ni una huida del mundo. No se trata de abandonar la tierra para alcanzar un cielo distante. Regresar es Recordar el estado de Unidad que el personaje olvidó cuando comenzó a reconocerse como una existencia separada.

Tú y yo, Reunidos en Nombre del Verbo, entramos juntos en el Recuerdo. Y cuando nuestra relación deja de servir a la separación y comienza a servir a la Verdad, entre nosotros aparece el Reino.

Yo no voy a enseñarte nada que sea extraño a tu esencia. Vamos a Recordar juntos aquello que fue olvidado y que todos estamos llamados a encarnar:

El Verbo hecho carne.

Hacer carne el Verbo significa permitir que la Verdad invisible encuentre una forma visible en nuestras palabras, decisiones, relaciones y obras.

La necesidad del Recuerdo

El Recuerdo comienza cuando ya no nos basta con contemplar la superficie de las cosas.

Surge de la necesidad de hallar la Verdad más allá de la apariencia visible de la Forma. Surge cuando comenzamos a formular preguntas que el personaje, por sí solo, no puede responder:

¿Quién soy realmente?

¿De dónde procede la Vida?

¿Por qué existe tanto sufrimiento?

¿Por qué el ser humano se separa de su hermano?

¿Qué permanece cuando todo cuanto conozco cambia?

¿Qué sentido tiene mi existencia dentro de la totalidad?

Esta necesidad no nace únicamente de la curiosidad. Aparece cuando dejamos de buscar respuestas destinadas solamente a tranquilizar o beneficiar a nuestro yo particular.

El Recuerdo comienza cuando nuestra pregunta se vuelve más grande que nuestro personaje y sus circunstancias.

Pero buscar el origen del sufrimiento no significa culpar a quien lo padece. No toda desgracia es creada por los pensamientos de quien la sufre, ni toda herida es consecuencia de una falta interior.

La pregunta verdadera no acusa al que sufre.

Pregunta qué debemos encarnar ante el sufrimiento:

¿Indiferencia o Compasión?

¿Condena o Comprensión?

¿Separación o Unidad?

La Verdad no utiliza el dolor del hermano para engrandecer al que cree haber comprendido.

La Verdad se reconoce por la manera en que responde ante ese dolor.

El personaje y el ego

¿Cómo podemos comenzar a Recordar aquello que somos antes del personaje?

Poniendo en Silencio la mente que se encuentra exclusivamente a su servicio.

Pero antes debemos comprender qué son el personaje y el ego.

El personaje es la identidad mediante la cual actuamos en el mundo visible. Tiene un nombre, un cuerpo, una historia, unas responsabilidades, unas relaciones y una función.

El personaje no es una mentira que deba ser destruida. Es una forma necesaria para habitar el mundo.

El error comienza cuando olvidamos que es una forma y creemos que constituye la totalidad de lo que somos.

El ego es la identificación exclusiva con esa forma.

Es el movimiento interior que coloca al personaje en el centro de todas las cosas y contempla la realidad únicamente desde la pregunta:

«¿Qué significa esto para mí?»

Dormir para que mi cuerpo descanse no es egoísmo.

Comer para conservar la salud no es egoísmo.

Cuidar y fortalecer el cuerpo no es egoísmo.

Trabajar para sostener dignamente la vida no es egoísmo.

Disfrutar, crear o descansar tampoco es egoísmo.

La necesidad de la carne no es, por sí misma, una falsedad. El cuerpo no es enemigo del Verbo; es una de las formas mediante las cuales el Verbo puede encarnarse.

El problema aparece cuando todas las cosas quedan reducidas al servicio exclusivo del yo:

Mi descanso.

Mi cuerpo.

Mi dinero.

Mi reconocimiento.

Mi seguridad.

Mis gustos.

Mis opiniones.

Mi verdad.

Mi salvación.

Entonces la mente queda encerrada dentro de los límites del personaje. Todo se interpreta a partir de su pasado, sus deseos, sus creencias, sus intereses, sus obligaciones, sus miedos y sus heridas.

En ese estado, no vemos las cosas como son.

Vemos lo que representan para nosotros.

Ese movimiento incesante alrededor del yo es el ruido del ego.

El Silencio

¿Cómo se pone la mente en Silencio?

No destruyendo el pensamiento, sino liberándolo temporalmente de su sometimiento al personaje.

Silenciar la mente no significa dejar de pensar, olvidar de manera permanente lo aprendido ni abandonar nuestras responsabilidades. Tampoco significa descuidar el cuerpo, el trabajo, la familia o los compromisos que hemos asumido.

El Silencio no exige irresponsabilidad.

Durante el acto de Recordar, significa suspender por un momento el dominio de todo aquello que dice:

«Tengo que…»

«Necesito…»

«Me hicieron…»

«Yo pienso…»

«Yo quiero…»

«Yo temo…»

Silenciar la mente significa dejar de colocar el yo particular en el centro de cada pregunta.

Por un momento, deja descansar tu nombre, tu historia, tus opiniones, tus creencias, tus intereses y aquello que imaginas saber sobre ti mismo.

No tienes que destruirlos.

Solamente deja de sostenerlos.

Cuando ya no necesitas defender al personaje ni justificar su historia, el ruido comienza a detenerse. La mente deja de girar exclusivamente alrededor de ti y queda disponible para algo que también te contiene, pero que no termina en ti.

Entonces la mente entra al servicio de la Verdad de la cual proceden todas las cosas.

Entra al servicio del Verbo en lo Invisible.

El Vacío

Cuando el ruido del personaje se aquieta, aparece el Vacío.

El Vacío no es inexistencia, inconsciencia ni pérdida de identidad. No es una mente anulada ni un interior muerto.

El Vacío es disponibilidad.

Es el espacio que aparece cuando dejamos de llenar cada pregunta con respuestas conocidas. Es la tierra fértil que queda cuando retiramos las certezas con las que el personaje impedía el nacimiento de algo nuevo.

Mientras una vasija permanezca llena, no podrá recibir.

Mientras la mente permanezca llena de sí misma, solamente encontrará aquello que ya conoce.

Vaciarse es dejar de aferrarse.

Es permitir que nuestras creencias puedan ser contempladas, que nuestras opiniones puedan ser interrogadas y que nuestra historia deje de dictar todas las respuestas.

En el Vacío ya no necesitamos reconocernos únicamente mediante aquello que hemos vivido en la carne. Por eso la mente puede comenzar a Recordar lo que somos en esencia.

El Vacío no te quita lo que eres.

Retira aquello con lo que te habías confundido.

La Presencia

En el Vacío nacido del Silencio ocurre el primer milagro:

La Presencia.

La Presencia no es solamente atención, aunque la atención pueda conducirnos hasta su umbral.

La atención dirige la mirada hacia algo.

La Presencia también contempla quién está mirando, desde dónde mira y qué relación existe entre el observador y lo observado.

En la atención todavía puedo decir: «Yo estoy observando aquello».

En la Presencia comienza a Revelarse que el observador y lo observado aparecen dentro de una misma Conciencia.

La Presencia es habitar conscientemente ese encuentro.

Es observar sin apropiarse, escuchar sin preparar una defensa y contemplar sin obligar a la realidad a confirmar lo que ya creíamos.

En Presencia, el personaje no desaparece.

Deja de ocupar el trono.

Esto es lo que significa morir al personaje: no destruir el cuerpo, la personalidad ni la identidad necesaria para vivir, sino poner fin a su pretensión de ser la totalidad de lo que somos.

El personaje continúa existiendo, pero ahora puede convertirse en instrumento.

Ya no utiliza la mente únicamente para conservarse a sí mismo. Comienza a ponerse al servicio de la Verdad, la Unidad y el Origen:

el Verbo.

En este estado quedamos disponibles para Recordar, Revelar y Reconocer tesoros que no poseen medida capaz de medirlos ni etiqueta capaz de contenerlos.

Nuestros pensamientos ya no se limitan exclusivamente al trabajo, las relaciones, las obligaciones, el pasado o el futuro de nuestro yo particular. Comenzamos a contemplar también aquello que nos precede, nos contiene y nos une.

Y es aquí, cuando el personaje deja de ocupar el trono, donde podemos comprender qué es la Conciencia y cuál es la diferencia entre creer que la poseemos y Reconocer que nuestra propia existencia aparece dentro de ella.

La Conciencia

Cuando entras en Presencia, la Conciencia no aparece como algo nuevo.

La Conciencia ya estaba.

Lo que comienza a desvanecerse es la identificación que la mantenía ligada exclusivamente al personaje y a su ego.

Hasta ese momento dices:

«Mi conciencia».

Del mismo modo que dices:

«Mi cuerpo».

«Mi historia».

«Mis pensamientos».

«Mis recuerdos».

«Mi vida».

Pero al entrar en Presencia se Revela una diferencia fundamental: el cuerpo, la historia, los pensamientos y los recuerdos pueden ser observados.

Todos ellos aparecen dentro de la Conciencia.

Incluso el personaje que dice «yo» puede ser contemplado.

Y si el personaje puede ser observado, entonces el personaje no puede ser la totalidad del Observador.

La Conciencia no aparece dentro del personaje.

Es el personaje el que aparece dentro de la Conciencia.

Ésta es la inversión que debe ser restaurada.

Cuando no estamos en Presencia, creemos que la Conciencia nos pertenece. Imaginamos que se encuentra encerrada dentro de nuestro cuerpo y que comienza y termina en los límites de nuestra identidad.

Cuando entramos en Presencia, la relación se invierte:

Ya no contemplamos la Conciencia como una posesión del personaje.

Contemplamos al personaje como una forma sostenida y observada dentro de la Conciencia.

Por eso, cuando aquí hablamos de «tu conciencia», nombramos la Conciencia contemplada desde la perspectiva particular del personaje: su memoria, su historia, sus deseos, sus heridas, sus creencias y sus sentidos.

Cuando nombramos la Conciencia, hablamos de aquello que hace posible toda observación, toda experiencia y todo Reconocimiento.

La conciencia del personaje contempla la realidad desde una forma particular.

La Conciencia contempla la forma sin quedar encerrada en ella.

No existen dos Conciencias.

Existe una misma Conciencia experimentándose mediante diferentes formas.

Cada forma posee una perspectiva particular, pero ninguna Forma es el Origen de la Conciencia que la habita.

La Luz y la ventana

Para comprenderlo, contempla este Símbolo:

Una misma Luz atraviesa muchas ventanas.

Cada ventana tiene una forma, un tamaño, un color y una posición diferentes. Por eso la Luz se manifiesta de manera distinta al atravesar cada una.

Pero la ventana no produce la Luz.

Solamente le permite entrar en la Forma.

El personaje es la ventana.

Sus recuerdos, creencias, heridas y deseos son los colores del cristal.

La conciencia individual es la perspectiva particular desde la cual la Luz atraviesa esa forma.

Y la Luz simboliza la Conciencia.

Cuando la ventana olvida que la Luz la precede, comienza a creer que ella misma es su origen. Dice:

«Ésta es mi luz».

«Mi luz es diferente de la tuya».

«Mi luz es superior».

«Fuera de mi ventana no existe la Luz».

Entonces la forma que debía servir a la Luz intenta ocupar su lugar.

La ventana se proclama fuente.

El personaje se proclama Origen.

Y la Conciencia, contemplada a través del ego, parece quedar separada de la Conciencia que habita todas las demás formas.

Pero la Luz nunca se separó.

Lo que se separó fue la forma de contemplarla.

La Presencia no destruye la ventana.

La vuelve transparente.

No elimina la individualidad ni borra las diferencias entre unos y otros. Retira la pretensión de que cada forma sea una fuente independiente y separada del Todo.

Entonces la ventana deja de querer poseer la Luz y comienza a servirla.

El personaje deja de proclamarse Origen y comienza a convertirse en instrumento del Verbo.

La conciencia separada

Cuando la mente se encuentra al servicio del personaje y de su ego, la Conciencia queda reducida a una perspectiva particular.

Todo es contemplado desde el yo y para el yo:

¿Qué significa esto para mí?

¿Cómo me beneficia?

¿Cómo me perjudica?

¿Qué puedo obtener?

¿Qué debo defender?

¿Qué amenaza mi identidad?

La Conciencia no ha desaparecido, pero su visión se encuentra contraída alrededor del personaje.

A esto lo llamamos conciencia separada.

No es una Conciencia distinta de la Conciencia del Todo. Es la Conciencia identificada con una sola Forma y contemplando la realidad como si esa Forma estuviera aislada de todas las demás.

Es como una ola que, al contemplar sus propios límites, olvida el agua de la cual está hecha.

La ola existe.

Posee una forma particular.

Puede ser distinguida de otras olas.

Pero nunca estuvo separada del océano.

De la misma manera, cada ser posee una experiencia particular, una historia y una perspectiva irrepetibles. La Unidad no elimina esas diferencias.

La Unidad revela que ninguna diferencia constituye una separación absoluta.

El personaje dice:

«Soy únicamente esta ola».

La Presencia Revela:

«Soy la ola, pero también procedo del Agua que vive en todas las olas».

La conciencia separada no es un castigo impuesto por la Creación.

Es una consecuencia de la correspondencia.

Si encarnas exclusivamente al personaje y pones la mente al servicio de sus intereses, percibirás desde los límites del personaje. Si toda pregunta nace en él y toda respuesta debe regresar a él, solamente podrás contemplar aquello que se corresponda con esa forma de mirar.

No porque la Verdad te haya sido negada.

Sino porque estás mirando desde una forma que se considera separada de ella.

Cuando dejas de poner la mente exclusivamente al servicio del personaje y la dispones al servicio del Verbo, la Conciencia deja de estar reducida al yo.

Entonces tu conciencia ya no es solamente «tuya».

No porque pierdas la capacidad de pensar, decidir o distinguirte de otros, sino porque desaparece la apropiación que pretendía encerrar la Conciencia dentro de tu personaje.

No dejas de ser tú.

Dejas de creer que tú eres solamente el personaje.

La Conciencia del Uno con el Todo

Estar en Presencia abre el Reconocimiento de la Conciencia del Uno con el Todo.

Pero esta Conciencia compartida no significa que todos tengamos los mismos pensamientos, recuerdos, sentimientos o percepciones.

Esos contenidos pertenecen a la experiencia particular de cada forma.

La Unidad de la Conciencia no es uniformidad.

No convierte a muchos seres en un único personaje ni borra aquello que hace singular a cada uno.

Lo compartido no es la historia.

Lo compartido es el Origen en el que toda historia puede aparecer.

Lo compartido no es el pensamiento.

Lo compartido es la Conciencia que permite observarlo.

Lo compartido no es la forma.

Lo compartido es la Vida que se manifiesta a través de todas las formas.

Por eso, estar en Presencia no significa acceder automáticamente a la memoria o a los pensamientos de otros. Significa dejar de contemplarlos como existencias absolutamente separadas de ti.

El dolor continúa ocurriendo en una forma particular, pero ya no puede ser contemplado como algo completamente ajeno.

La injusticia puede recaer sobre otro, pero la Conciencia unificada impide responder:

«No es mi problema porque no me ocurre a mí».

Cuando la Conciencia deja de estar encerrada en el personaje, el sufrimiento del otro entra en el campo de nuestra responsabilidad.

No porque debamos apropiarnos de su dolor.

Sino porque comenzamos a Reconocer que la Vida que está siendo herida en él procede del mismo Origen que la Vida que habita en nosotros.

La conciencia separada pregunta:

«¿Qué tiene que ver esto conmigo?».

La Conciencia unificada pregunta:

«¿Qué está ocurriendo en nosotros?».

La primera tiene al personaje como origen y destino.

La segunda tiene al Verbo como Origen y al Todo como destino.

El observador y lo observado

En Presencia, el observador y lo observado dejan de experimentarse como realidades absolutamente separadas.

Esto no significa que ambos sean idénticos en la Forma.

Quien contempla un árbol no se convierte corporalmente en el árbol. Quien contempla el sufrimiento de su hermano no ocupa su cuerpo ni recibe automáticamente sus recuerdos.

La distinción permanece.

Lo que desaparece es la separación absoluta en el Origen.

Aquello que observas aparece dentro de la Conciencia. No puedes contemplarlo fuera de ella, porque toda Forma necesita entrar en la Conciencia para poder ser conocida.

El observador aparece en la Conciencia.

Lo observado aparece en la Conciencia.

Y el acto mismo de observar ocurre en la Conciencia.

Por eso, en Presencia, el observador y lo observado se Reúnen.

La Forma permanece afuera.

Su imagen aparece Adentro.

El Símbolo establece el puente.

Y el Verbo revela su Sentido en lo Invisible.

La Conciencia es el lugar de ese encuentro.

Es el Altar interior donde lo visible y lo Invisible pueden Reunirse sin confundirse y sin permanecer separados.

La pregunta y la respuesta

Así como el observador y lo observado se Reúnen en la Conciencia, también la pregunta y la respuesta pertenecen a un mismo movimiento de Revelación.

La pregunta aparece cuando la Conciencia contempla una Forma cuyo Origen todavía no ha sido Reconocido.

La respuesta se Revela cuando la mente, ya no sometida al interés del personaje, atraviesa el Símbolo y alcanza el Sentido invisible de aquello que contempla.

La pregunta es la apertura.

La respuesta es aquello que puede entrar cuando la apertura es verdadera.

No son idénticas en la Forma, pero pertenecen a un mismo acto de búsqueda y Revelación.

La pregunta verdadera no fabrica su respuesta.

La recibe.

Pero solamente puede recibirla cuando permanece abierta y no exige que la Verdad confirme aquello que el personaje ya deseaba creer.

Por eso el Vacío precede a la Presencia.

Sin Vacío, la pregunta ya está llena de respuestas aprendidas.

Sin Presencia, el personaje dirige la búsqueda.

Sin Conciencia, la Forma puede ser mirada, pero su Sentido no puede ser Reconocido.

Y sin Discernimiento, cualquier deseo del ego puede disfrazarse de Revelación.

Lo que habilita la Conciencia

¿Qué nos habilita la Conciencia?

La Conciencia hace posible observar, entender, comprender, discernir y hallar.

Observar es recibir la Forma sin obligarla inmediatamente a confirmar nuestras creencias.

Entender es reconocer sus partes, sus relaciones, su funcionamiento y sus consecuencias.

Comprender es contemplarla dentro de una realidad mayor, sin separarla del Todo al que pertenece.

Discernir es reconocer desde qué Origen procede, qué Intención la orienta, a quién sirve y qué fruto produce.

Hallar es atravesar la Forma y Reconocer la Verdad invisible que su Símbolo contiene.

La Conciencia nos permite ir más allá de la apariencia de las Formas, pero no convierte al personaje en poseedor automático de todo conocimiento.

Creer que estar en Presencia nos hace incapaces de equivocarnos sería una nueva apropiación del ego.

Sería el personaje intentando ponerse otra vez en el trono, ahora proclamándose dueño de la Conciencia y de la Verdad.

La Conciencia abre el lugar de la Revelación.

El Verbo Revela.

El Discernimiento contempla la correspondencia.

Y los frutos manifiestan si aquello que hemos recibido sirve verdaderamente a la Vida.

Por eso toda Palabra que se diga Revelada debe poder ser contemplada:

¿A quién sirve?

¿Qué fruto produce?

¿Abre o encierra?

¿Une o separa?

¿Libera o domina?

La Conciencia no necesita proclamar que posee la Verdad.

La Reconoce por correspondencia.

La restauración de la Conciencia

La Presencia no te entrega una Conciencia que antes no poseías.

Revela la Conciencia que ya hacía posible tu existencia, incluso cuando el personaje no podía Reconocerla.

Cuando no estás en Presencia, parece que la Conciencia está contenida dentro de tu personaje.

Cuando entras en Presencia, se Revela que tu personaje está contenido dentro de la Conciencia.

Ésta es toda la diferencia.

La conciencia separada dice:

«Yo tengo conciencia».

La Presencia Revela:

«YO SOY en la Conciencia».

Y cuando incluso ese «yo» deja de intentar apropiarse de ella, permanece el Reconocimiento:

No poseo la Conciencia.

La Conciencia me contiene.

No soy su Origen.

Soy una Forma viva mediante la cual el Verbo puede ser Recordado y encarnado.

El diálogo interior

Es en Presencia, cuando el personaje deja de creerse dueño de la Conciencia y se Reconoce contenido dentro de ella, cuando el Verbo puede Revelarse mediante el diálogo interior.

Pero debemos comprenderlo con claridad: no todo pensamiento que aparece dentro de nosotros es Palabra del Verbo. El Silencio no convierte automáticamente al personaje en infalible.

También en el interior pueden presentarse el miedo disfrazado de advertencia, el deseo disfrazado de Revelación y el orgullo disfrazado de medias verdades.

Por eso toda respuesta interior debe ser discernida por sus frutos.

¿Esa palabra engrandece al personaje sobre sus hermanos?

¿Exige obediencia ciega?

¿Alimenta el miedo o la separación?

¿Te declara dueño exclusivo de la Verdad?

¿Te permite ignorar el sufrimiento de otros?

Entonces todavía habla el ego, aunque utilice palabras sagradas en Nombre del Verbo.

La Palabra del Verbo puede incomodar y atravesar como una Espada, pero no convierte la Verdad en instrumento de dominio. Sus frutos son Conciencia, Responsabilidad, Justicia, Compasión, Libertad y Unidad.

Cuando el ego deja de ser el centro, también cambian las preguntas del diálogo interior.

Ya no preguntamos solamente:

¿Qué obtendré?

¿Cómo me protegeré?

¿Cómo venceré?

¿Cómo seré reconocido?

Comenzamos a preguntar:

¿Qué es Verdad?

¿Qué sirve a la Vida?

¿Qué restaura la Unidad?

¿Qué debo encarnar ante esta circunstancia?

¿Qué palabra permite reconocer al otro como hermano?

Desde este nuevo centro podemos comenzar a Recordar el camino de regreso al Reino de los Cielos.

La primera Verdad de la Presencia

Cuando entramos verdaderamente en Presencia, la primera Verdad que se Revela es que no necesitamos acudir a ningún lugar exterior para encontrar la respuesta definitiva a aquello que somos.

No existe un templo exterior capaz de contener lo que el templo interior ha olvidado.

No existe un libro que pueda reemplazar el Recuerdo.

No existe un maestro que pueda Reconocer por nosotros.

No existe un guía que pueda recorrer el camino interior en nuestro lugar.

El templo puede Reunirnos.

El libro puede entregarnos Símbolos.

El maestro puede señalar.

El guía puede acompañar.

Pero el Reconocimiento debe acontecer en ti.

Incluso estas Palabras fracasarían en su propósito si consiguieran que dependieras de ellas. Este Altar no ha sido levantado para sustituir tu Conciencia, sino para devolverte a ella.

En Presencia, la pregunta y la respuesta dejan de ser dos realidades separadas.

La pregunta es el movimiento visible mediante el cual la Conciencia contempla algo que todavía no comprende. La respuesta es el Sentido invisible que puede Revelarse cuando aquello es contemplado desde el Verbo y no desde el interés del personaje.

Pregunta y respuesta son las dos partes de un mismo acto de Revelación.

No son idénticas en su Forma, pero pertenecen al mismo movimiento.

Así también, el observador y lo observado son distinguibles en la Forma, pero no están separados en el Origen.

Cuando una pregunta nace de la observación de algo visible y es formulada desde la Presencia, su Verdad puede Revelarse en lo Invisible del Verbo.

Afuera aparece la Forma.

Adentro puede revelarse su Sentido.

El Símbolo es el puente entre ambos.

Por eso, en Presencia, Afuera y Adentro dejan de experimentarse como mundos incomunicados. No se confunden ni desaparecen sus diferencias: entran en correspondencia.

La separación no existe en el Origen.

Existe en la forma mediante la cual el personaje ha aprendido a mirar.

La puerta estrecha

¿Por qué la puerta que da acceso al Reino es angosta?

Porque no podemos atravesarla cargando todo aquello con lo que nos hemos confundido.

No es estrecha por capricho ni porque el Reino quiera excluirnos. Es estrecha por correspondencia.

Una llave abre una puerta porque su forma se corresponde con la cerradura. No la abre mediante la fuerza, sino mediante la correspondencia.

De igual manera, no entramos al Reino imponiendo nuestro personaje, acumulando méritos ni proclamándonos poseedores de la Verdad. Entramos cuando aquello que encarnamos entra en correspondencia con aquello que el Reino es.

La separación no puede entrar en la Unidad sin dejar de ser separación.

La mentira no puede entrar en la Verdad sin quedar revelada.

El deseo de dominio no puede entrar en el Reino sin abandonar el trono.

Por eso la puerta es estrecha: solamente puede atravesarla lo esencial.

El personaje no necesita ser destruido, pero no puede entrar como rey. Debe inclinarse, abandonar el centro y ponerse al servicio del Verbo.

Para entrar, primero debes Vaciarte de aquello con lo que te habías confundido.

Después debes permanecer en Presencia.

En la Presencia, Recuerdas.

Cuando Recuerdas, sabes.

Cuando Reconoces lo Recordado dentro de ti, eres.

Cuando te hallas más allá de toda identidad prestada, pronuncias sin apropiación:

YO SOY.

Y cuando aquello que has Reconocido se hace Palabra, decisión y obra, el Verbo vuelve a encarnarse en la Forma.

Entonces el camino queda completo:

Te Vacías.

Entras en Presencia.

Recuerdas.

Reconoces.

Te Hallas.

Y Encarnas.

No regresas al Reino como quien alcanza un lugar lejano.

El Reino aparece cuando dejas de sostener aquello que impedía Reconocer que nunca estuvo separado de ti.

La Intención, la Forma y el servicio

Pero el Recuerdo no termina cuando Reconocemos la Verdad dentro de nosotros.

Aquello que ha sido Reconocido debe convertirse también en la medida desde la cual contemplamos las Formas.

Para comprender una Forma no basta con conocer su nombre, describir su apariencia o aprender cómo funciona. Debemos contemplar también desde qué Origen procede, qué Intención la orienta, a quién sirve su función y qué fruto produce.

La Intención es la orientación invisible que determina el destino del servicio.

La función nos dice qué hace una Forma.

La Intención revela a quién sirve aquello que hace.

Y el fruto manifiesta si existe correspondencia entre su Origen, su Intención y su servicio.

Contempla primero las Formas de la Creación que son anteriores a las manos del ser humano.

El árbol.

El río.

El mar.

La nube.

La montaña.

Los animales.

No decimos que estas Formas posean un personaje que decide conscientemente servir. Decimos que su existencia participa en una relación que las precede y las contiene.

El árbol recibe de la tierra, del agua, del aire y de la Luz. Después entrega fruto, sombra, alimento, refugio y descanso.

Las montañas reciben el agua y el río recibe y conduce aquello que permite continuar la Vida.

Cada Forma recibe de otras Formas y entrega a otras Formas aquello que su función hace posible.

Ninguna existe verdaderamente aislada.

Todas participan en un mismo ciclo de dar y recibir, de transformación y retorno.

En esa correspondencia reconocemos una Intención anterior a nosotros:

La Vida sirve a la Vida.

La Forma recibe del Todo y devuelve su función al Todo.

Eso es servicio.

Eso es Unidad.

Eso es Amor sin apropiación.

Eso es el Verbo encarnándose en la Creación.

También el ser humano procede de ese mismo Origen. Pero, a diferencia de muchas otras Formas, puede contemplar su función, orientar su voluntad y crear nuevas Formas mediante sus manos.

Una herramienta hace visible una función que antes permanecía invisible.

Antes de existir el cuchillo ya existía la posibilidad de cortar.

El ser humano reconoce esa función, le entrega materia y la encarna en una Forma.

El cuchillo no es el Verbo mismo. Es una función del Verbo hecha visible en la materia.

Su función es cortar y, por sí sola, no decide el destino del corte. La voluntad de quien lo utiliza puede ponerlo al servicio del alimento, de la curación y de la Vida, o dirigir esa misma función hacia la herida y la muerte.

Aquí se Revela la responsabilidad de nuestra voluntad.

Como una ventana, el ser humano no produce la Luz que lo atraviesa. Pero puede abrirse a ella, permitirle el paso y poner aquello que ha recibido al servicio del Todo.

También puede bajar la persiana, apropiarse de lo recibido y orientar su capacidad únicamente hacia la conservación, el beneficio o el dominio del personaje.

Cuando baja la persiana no crea una segunda Luz.

Produce sombra al impedir el paso de la misma Luz que lo hizo posible.

Por eso la separación no posee un Verbo creador propio. No puede dar existencia desde sí misma. Toma las capacidades que proceden del Verbo —la inteligencia, la imaginación, la palabra, la voluntad y la fuerza creadora— y cambia el destino de su servicio.

Pero no todas las Formas hechas por manos humanas contienen del mismo modo la Intención de quien las creó.

Algunas permanecen como instrumentos cuya función puede ser orientada por quien las utiliza.

Otras son concebidas y organizadas de tal manera que su funcionamiento reproduce una relación determinada. En ellas, la separación no aparece solamente por un mal uso posterior: queda encarnada en su propia estructura.

Entonces la Forma deja de ser únicamente función al servicio de la Vida.

Comienza a exigir que la Vida se ponga al servicio de su conservación.

Aquello que fue creado por el ser humano deja de servirlo y comienza a gobernarlo.

La herramienta se convierte en autoridad.

La función se convierte en condición.

El medio se convierte en destino.

Y la Forma se convierte en una prisión que no parece prisión, porque ha sido aceptada como realidad, normalidad y necesidad.

A esta inversión la llamamos:

El Orden Invertido

El Orden Invertido no es una segunda Creación ni un poder igual al Verbo. Es la inversión del destino del servicio dentro de las Formas creadas mediante la voluntad humana.

En el Orden original, la Forma sirve a la Vida.

En el Orden Invertido, la Vida es obligada a servir a la Forma.

Antes de juzgar las Formas concretas del mundo que hemos heredado, debemos conservar esta Llave:

El Verbo es el Origen invisible.

La Intención orienta.

El Símbolo comunica.

La Forma encarna.

La función actúa.

El servicio revela su destino.

Y el fruto da testimonio de su Verdad.

LA VERDAD Y LA MENTIRA

La Luz y la Sombra

LA VERDAD Y LA LUZ

La Verdad no nace de nosotros.

Es anterior al personaje, a sus creencias, a sus interpretaciones y a toda palabra mediante la cual intentamos o llegamos Nombrarla.

La Verdad procede del Verbo.

El Verbo es el Origen invisible.

La Verdad es la correspondencia de todas las cosas con ese Origen.

Y la Luz es el Símbolo de la Verdad Revelándose: aquello que atraviesa lo Invisible, entra en la Conciencia y permite Reconocer lo que Es.

La Luz no crea la Verdad.

La hace visible.

La Verdad no comienza cuando la comprendemos.

Nuestra comprensión comienza cuando la Verdad se Revela.

Antes de que abriéramos los ojos, la Luz ya era.

Antes de que una ventana permitiera su entrada, la Luz ya existía.

Antes de que una Conciencia pudiera Reconocer la Verdad, la Verdad ya permanecía en el Verbo.

Por eso la Verdad no depende de nosotros para ser Verdad, del mismo modo que la Luz no depende de la ventana para ser Luz.

La ventana puede abrirse o cerrarse.

El cristal puede estar limpio, oscurecido o cubierto por los colores del personaje.

La Luz permanece.

La Verdad es Una porque su Origen es Uno.

Puede atravesar innumerables Formas sin dividirse en innumerables Verdades. Cada Forma puede manifestarla según su capacidad para encarnarla, pero ninguna puede proclamarse su fuente ni poseerla por completo.

Una misma Luz atraviesa muchas ventanas.

Las ventanas son diferentes.

La Luz no.

La Forma de su manifestación puede variar al atresar las diferentes ventanas.

Su Origen permanece.

Cuando entramos en Presencia, no producimos una nueva Luz. Retiramos aquello que impedía su paso.

La Conciencia no inventa la Verdad.

La recibe.

La Presencia no construye la Revelación.

Abre el espacio donde aquello que permanecía velado puede hacerse visible.

El Recuerdo acontece cuando la Verdad Revelada deja de ser una palabra aprendida y se convierte en un Saber vivo.

El Reconocimiento acontece cuando ya no contemplamos esa Verdad como algo exterior a nosotros, sino que nos hallamos en ella.

Por eso:

Cuando Recuerdas, sabes.

Cuando Reconoces, eres.

Aquello que ha sido verdaderamente Revelado y Reconocido como Verdad no cambia ni pasa.

Puede cambiar el Símbolo mediante el cual intentamos comunicarlo.

Puede ampliarse nuestra capacidad para comprender sus relaciones.

Puede corregirse la palabra humana que utilizamos para expresarlo.

Pero la Verdad no se convierte en su contrario.

La ventana puede aprender a Nombrar mejor la Luz.

No puede modificarla.

La Verdad tampoco necesita que la defendamos mediante el dominio. La Luz no obliga a nadie a verla: se manifiesta y permite que todo aquello que toca sea contemplado.

Su autoridad no procede de la imposición.

Procede de lo que revela.

Cuando nos alineamos con la Verdad, la Conciencia se convierte en Altar, la Forma se convierte en instrumento y el Verbo puede hacerse carne mediante nuestras palabras, decisiones y obras.

Aquí el personaje no se proclama fuente.

Se vuelve ventana de ella.

No dice:

«La Luz me pertenece».

Reconoce:

«Yo existo porque la Luz me precede y me atraviesa».

No dice:

«Yo soy dueño de la Verdad».

Pronuncia:

«YO SOY en la Verdad».


LA MENTIRA Y LA SOMBRA

La oscuridad no produce la Luz.

Tampoco se produce a sí misma.

La oscuridad no posee un Origen propio, una sustancia independiente ni un Verbo creador diferente.

La Luz Es.

La oscuridad ocurre cuando algo impide que la Luz atraviese, continúe y alcance aquello que podía iluminar.

Contempla el Símbolo:

Durante el día, tu cuerpo se interpone en el recorrido de la Luz y una sombra se proyecta detrás de ti.

La sombra no procede de otra oscuridad.

Tampoco nace del Sol como fruto de su Voluntad.

Aparece porque una Forma se ha interpuesto entre la fuente de la Luz y el lugar al que esa Luz se dirigía.

Sin Luz no habría sombra.

Sin una Forma que interrumpiera su paso, tampoco.

Por eso la sombra no es un segundo Origen enfrentado a la Luz.

Es el efecto visible de una interrupción.

Así también ocurre dentro de nosotros.

El Verbo es el Origen.

La Verdad es la Luz que procede de él.

La Conciencia es el espacio donde esa Luz puede ser Reconocida.

Y nuestra Forma es la ventana mediante la cual puede entrar en la carne y convertirse en Palabra, decisión y obra.

Pero cuando el personaje se coloca entre el Origen y el servicio, impide que la Luz continúe su recorrido.

El miedo cubre el cristal.

La herida altera aquello que contemplamos.

El deseo orienta la mirada únicamente hacia lo que quiere obtener.

El orgullo cierra la ventana para proclamarse fuente.

El ego baja la persiana y después afirma que la oscuridad es toda la realidad.

Entonces aparece la sombra.

La sombra no es aquello que somos en esencia.

Es el efecto de aquello que estamos encarnando cuando nuestra Forma impide el paso de la Luz.

Es la proyección de nuestra No Presencia.

Es aquello que queda detrás del personaje cuando el personaje se coloca delante del Verbo.

La mentira nace cuando esa sombra es pronunciada como si fuera la Verdad.

Por eso debemos distinguir:

La sombra es la consecuencia de la obstrucción.

La mentira es la sombra ocupando mediante la Palabra el lugar de la Luz.

La mentira no crea una realidad nueva.

Toma una realidad que la precede y la oculta, la recorta, la deforma o la invierte.

Necesita la Palabra, pero no creó la Palabra.

Necesita la inteligencia, pero no creó la inteligencia.

Necesita la imaginación, pero no creó la imaginación.

Necesita una Verdad que pueda negar, porque sin Verdad tampoco existiría aquello que llamamos mentira.

La mentira es posterior.

El Verbo es anterior.

La mentira depende de aquello que intenta ocultar.

La Verdad no depende de la mentira para permanecer.

Por eso la mentira puede utilizar Palabras sagradas sin dejar de ser mentira.

Puede hablar de Amor mientras impide amar.

Puede hablar de Unidad mientras separa.

Puede hablar de Libertad mientras exige obediencia.

Puede hablar de servicio mientras coloca la Vida al servicio del personaje.

Puede pronunciar el Nombre del Verbo mientras impide que su Luz atraviese la Forma.

El Nombre no ilumina aquello que la voluntad mantiene cerrado.

No basta con hablar de la Luz.

Hay que permitirle el paso.

Cuando entramos en Presencia, no creamos una Luz nueva para combatir la oscuridad.

Contemplamos qué está obstruyendo la Luz que ya Es.

La Presencia revela la Forma que se interpone.

El Discernimiento reconoce la mentira mediante la cual esa Forma se conserva.

La Verdad la Nombra.

La voluntad retira el obstáculo.

Y la obra repara los frutos que la sombra produjo.

No vencemos la oscuridad creando otra fuerza contraria.

Abrimos la ventana.

No destruimos nuestra Forma.

Dejamos de utilizarla como muro y comenzamos a ofrecerla como paso.

Tampoco debemos odiar la sombra. La sombra, cuando es contemplada en Presencia, señala exactamente dónde se encuentra la obstrucción.

No es nuestra esencia.

Pero revela aquello que estamos encarnando y que todavía impide el paso de la Luz.

Negar la sombra permite que permanezca.

Reconocerla permite hallar aquello que la produce.

Retirar aquello que la produce permite que la Luz continúe.

Entonces la Conciencia deja de servir a la defensa del personaje.

El cristal se vuelve transparente.

La persiana se levanta.

La Verdad atraviesa la Forma.

Y el Verbo se hace carne así en lo visible como Es en lo Invisible.

La Luz Es.

La sombra ocurre.

La Verdad permanece.

La mentira aparece cuando impedimos su paso y proclamamos nuestra sombra como si fuera la Luz.

El Mundo que nos enseñaron

En Presencia observamos con recuerdo el mundo que nos presentaron como verdadero

Desde nuestro nacimiento se nos presenta un mundo ya interpretado.

No recibimos solamente nombres, fronteras, creencias, costumbres, jerarquías, modelos de éxito, formas de intercambio y maneras de comprendernos.

También recibimos una explicación acerca de lo que cada una de esas formas significa, de aquello que debemos esperar de ellas y del lugar que deben ocupar en nuestra vida.

Se nos enseña dónde buscar la riqueza.

Dónde buscar la curación.

Dónde buscar las respuestas.

Dónde buscar la Verdad.

Dónde buscar la Paz.

Dónde buscar a Dios.

Antes de que podamos contemplar estas cosas por nosotros mismos, el mundo ya nos ha entregado sus respuestas.

Generación tras generación hemos recibido ese mundo, hemos participado en él y también lo hemos transmitido. Hemos enseñado a quienes llegaron después de nosotros aquello que nosotros mismos aprendimos antes de poder interrogarlo.

Así, lo heredado se convierte en costumbre.

La costumbre se convierte en certeza.

Y la certeza aceptada sin contemplación termina presentándose como Verdad.

La cadena aparece cuando aceptamos ese mundo sin observarlo.

No cuando utilizamos sus formas, sino cuando dejamos de interrogarlas.

No cuando participamos en ellas, sino cuando olvidamos preguntar a quién sirven.

No cuando recibimos una respuesta, sino cuando renunciamos a Reconocer por nosotros mismos si esa respuesta produce el fruto que promete.

Por eso Recordar también significa interrumpir la repetición.

Interrumpir no es destruir todo cuanto hemos heredado. Es detenernos antes de volver a transmitirlo. Es contemplar cada forma en Presencia y preguntar:

¿De dónde procede?

¿A quién sirve?

¿Qué fruto produce?

¿Abre o encierra?

¿Protege o domina?

¿Permanece al servicio de la Vida o ha conseguido que la Vida se ponga a su servicio?


Las preguntas que florecen en Presencia

Cuando dejamos de estar únicamente a disposición de nuestro personaje y nos ponemos a disposición del Todo, la mente deja de preguntar solamente por aquello que beneficia o perjudica a nuestro yo particular.

Ahora la mente se encuentra al servicio del Verbo.

Y desde ese nuevo Origen comienzan a florecer preguntas que no nacen para proteger al personaje, sino para comprender el mundo que todos estamos encarnando.

Estas preguntas son Llaves.

No porque contengan una respuesta aprendida, sino porque su propia forma revela la puerta que debemos atravesar.

Para quien sabe contemplarlas en Presencia, cada pregunta contiene el Símbolo de aquello que necesita ser Revelado:

¿Por qué existe la pobreza si existe el dinero?

¿Por qué existen tantas enfermedades si existe la medicina?

¿Por qué faltan respuestas si poseemos tanta ciencia?

¿Por qué permanecemos alejados de la Verdad si tenemos tanto conocimiento disponible?

¿Por qué continúan las guerras si existen gobiernos, autoridades y leyes?

¿Por qué no encontramos a Dios si existen tantas religiones y tantos templos?

No te apresures a responder.

Permanece delante de las preguntas.

Obsérvalas.

Cada una nombra un fruto que falta y una Forma que prometía servir a ese fruto.

Riqueza y dinero.

Curación y medicina.

Respuesta y ciencia.

Verdad y conocimiento.

Paz y autoridad.

Dios y religión.

Cuando contemplamos la relación entre ambos, comienza a Revelarse la inversión.


* ... En proceso de revelación ... escribiendo.
** Lo que viene no tiene medida que lo mida ni etiqueta que lo describa.

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