El Personaje y su Ego
El personaje entrega rostro al Verbo; el ego comienza cuando ese rostro exige ocupar el Trono.
El personaje es la identidad mediante la cual actuamos en el mundo.
Tiene nombre, cuerpo, memoria, capacidades, heridas, relaciones y responsabilidades.
No es una mentira que deba ser aniquilada.
Es una Forma necesaria para encarnar.
El ego es el movimiento mediante el cual esa Forma se proclama centro, fuente y medida de todas las cosas.
Ante cada realidad pregunta:
«¿Qué obtengo?».
«¿Qué pierdo?».
«¿Cómo protege esto mi identidad?».
«¿Cómo engrandece mi nombre?».
Cuidar el cuerpo no es ego.
Descansar, disfrutar, crear, poner límites y conservar la propia integridad no son egoísmo.
El ego aparece cuando toda capacidad queda orientada al servicio exclusivo del personaje:
Mi seguridad.
Mi riqueza.
Mi estabilidad,
Mi reconocimiento.
Mi verdad.
Mi tranquilidad.
Mi rutina.Mi comodidad.
Incluso el servicio puede convertirse en alimento del ego.
Puedo ayudar para sentirme superior.
Puedo hablar de Verdad para ser reconocido como revelador.
Puedo presentarme sin firma y construir alrededor del anonimato una grandeza todavía mayor.
Puedo pronunciar Unidad mientras me elevo sobre mis hermanos.
Puedo hablar como Cordero y desear la autoridad de la Bestia.
Por eso el personaje debe comparecer primero ante el Altar.
No para ser destruido.
Para dejar el Trono.
Morir al personaje significa poner fin a su pretensión de ser la totalidad. No significa dañar el cuerpo, borrar la personalidad, negar los afectos o abandonar las responsabilidades.
Cuando el personaje vuelve a su lugar, todas sus capacidades son restituidas.
La mente discierne.
La voz comunica.
El cuerpo encarna.
Las manos sirven.
La singularidad entrega al Todo aquello que sólo ella podía manifestar de esa manera.
El personaje no desaparece.
Deja de gobernar aquello que nunca originó.