La Identificación con la Forma
El Olvido comienza cuando aquello que habitamos afirma ser todo cuanto somos.
Toda manifestación necesita Forma.
El cuerpo, el nombre, la historia, el lenguaje, la familia, la comunidad y las capacidades permiten que participemos en el mundo.
La Forma no es enemiga del Verbo.
Es el lugar donde lo Invisible puede recibir presencia, límite y obra.
El Olvido aparece cuando dejamos de habitar la Forma y comenzamos a estar encerrados en ella.
Entonces decimos:
«Soy únicamente este cuerpo».
«Soy aquello que me ocurrió».
«Soy mi profesión, mi nación, mi religión, mi herida, mi éxito o mi fracaso».
Una realidad parcial y cambiante se convierte así en definición absoluta.
Lo mismo puede acontecer en una comunidad. Sus reglas dejan de servir a la Vida y la comunidad comienza a servir a sus reglas.
Una doctrina confunde su lenguaje con la Verdad.
Una institución confunde su permanencia con el bien común.
Una economía confunde el crecimiento de sus cifras con la riqueza de las vidas.
Una identidad confunde su contorno con el Ser.
La Forma se vuelve prisión cuando exige que todo cuanto somos permanezca dentro de sus límites.
Se vuelve ídolo cuando reclama la Fuente.
Y se vuelve Bestia cuando necesita devorar la Vida para conservar su dominio.
Desidentificarse no significa destruir el cuerpo, borrar la identidad, negar la historia ni abandonar responsabilidades.
Significa devolver cada Forma a su medida.
Tu nombre te distingue, pero no te origina.
Tu historia te ha formado, pero no posee todo tu porvenir.
Tu herida necesita verdad y cuidado, pero no debe ocupar el Trono.
Tu comunidad puede ofrecer Morada, pero no puede proclamarse Fuente.
La Presencia no elimina la Forma.
La abre.
Y cuando la Forma deja de encerrarse sobre sí misma, puede volver a ser Símbolo, instrumento y Servicio.