La Perspectiva que Nace del Yo
La ventana puede dar testimonio de la Luz sin afirmar que su encuadre contiene todo el Cielo.
Cada personaje contempla desde una perspectiva particular.
El cuerpo, la época, la cultura, el lenguaje, la memoria, el conocimiento, el deseo y la herida participan en aquello que puede ver y en la manera de interpretarlo.
Desde esa perspectiva pueden pronunciarse testimonios verdaderos en su medida:
«Esto viví».
«Esto observo».
«Esto comprendo desde mi lugar».
La experiencia particular merece ser escuchada. No deja de ser real porque no sea universal.
Pero la Verdad contenida en un testimonio no nace del personaje que la pronuncia. El personaje entrega perspectiva, lenguaje y Forma; la Correspondencia con los hechos y con el Verbo es lo que hace verdadero aquello que dice.
La inversión comienza cuando el personaje llama Verdad completa a su perspectiva y niega toda realidad que no cabe dentro de ella.
Debemos distinguir la Verdad de nuestra afirmación acerca de la Verdad.
La Verdad no cambia para acomodarse al personaje.
La palabra humana puede ser incompleta, imprecisa o falsa.
Nuestra comprensión puede ampliarse.
Nuestra expresión puede corregirse.
El Símbolo mediante el que comunicamos puede abrir una profundidad que antes no habíamos Reconocido.
Pero lo verdaderamente Revelado como Verdad no se convierte después en su contrario.
Si una afirmación cambia de Verdad a mentira, no fue la Verdad la que cambió: cayó una interpretación que habíamos confundido con ella.
Por eso decir «esto me fue Revelado» no clausura el Discernimiento.
Lo comienza.
¿Qué contemplé realmente?
¿Qué interpretación añadió el personaje?
¿Qué deseo puede estar mezclándose?
¿Qué hechos debo respetar?
¿Qué voz no he escuchado?
¿Qué fruto produce mi afirmación?
La Verdad no necesita que el personaje se declare infalible para defenderla.
Permanece cuando nuestra palabra es corregida.
Quien confunde su ventana con el Sol no engrandece la Luz.
Cierra el paso.